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domingo, julio 27, 2003

La hora de Zapatero


Cuando Rodríguez Zatero accedió a la secretaría general en julio de 2001, gracias a una apretada votación frente a José Bono cuyas ramificaciones se extienden hasta la actual crisis de la Comunidad de Madrid, la mayoría de los simpatizantes del PSOE habrían suscrito de antemano el resultado de las pasadas elecciones municipales y autonómicas: una pírrica victoria por poco más de 100.000 votos insuficiente para retomar el poder en las grandes ciudades, pero victoria al fin y al cabo.

Es más, si se les hubiera seguido preguntando habrían dicho que se conformarían con una derrota en las elecciones de 2004 frente al sucesor de Aznar, eso sí, con la condición de rebajar significativamente la actual mayoría absoluta del partido popular, como paso previo a la reconquista definitiva del poder en 2008.

Lo anterior parece lógico si se tiene en cuenta que Zapatero lleva sólo tres años de rodaje y que, comparativamente, otros candidatos en el pasado también tuvieron que atravesar su particular travesía del desierto (1977 a 1982 Felipe González y ¡1990 a 1996! José María Aznar).

Teniendo en cuenta los resultados obtenidos –consolidación del liderazgo interno y externo, recuperación de las expectativas de voto, proyección de una imagen de renovación y ruptura frente a la sociedad que le desvincula del pasado reciente de su partido- el balance de la gestión de Zapatero no puede más que calificarse de excelente.

Pero, paradójicamente, es precisamente esta buena ejecutoria la causa fundamental de las críticas y zancadillas internas (en todo caso, las más preocupantes) a su persona y a su proyecto surgidas al calor de la onda expansiva de la crisis de la Comunidad de Madrid, crisis que algunos se han apresurado a calificar como “la tumba de Zapatero”, quizás olvidando que ellos durante años estuvieron conviviendo con asuntos bastante más graves como Roldán, Mariano Rubio o el hermano de Guerra, sin que ello tuviera un efecto fulminante sobre sus carreras políticas (la agonía de la última etapa de los gobiernos de Felipe González duró casi cuatro años).

El problema que subyace en estas críticas es el hecho de que los barones y la viejas glorias del partido socialista habían empezado a darse cuenta de que el desconocido diputado de León que obtuvo por sorpresa la secretaría general en el último congreso del PSOE era un serio candidato a la Moncloa. En términos políticos internos ello significaría encontrarse no ante un líder de transición (como Almunia o Borrell) sino ante el LÍDER (con mayúsculas) y el consiguiente y definitivo cambio generacional del poder dentro del partido y la jubilación de la vieja guardia (en suma, todo el poder para Zapatero).

Buscando un símil futbolístico, Zapatero estaba jugando un partido en el que se encontraba en el minuto 40 de la primera parte, a punto de irse al descanso en virtual empate (elecciones 2004) y con la idea de obtener tránquilamente la victoria durante los 45 minutos siguientes (2004-2008); sin embargo, de repente ha habido un cambio de planes desde el banquillo, le van a sustituir en cuanto pise el vestuario, por lo que sólo le quedan 5 minutos para ganarse el puesto y evitar la sustitución.

Una combinación de factores externos e internos ha provocado, pues, que Zapatero se encuentre ante un desafío de enormes proporciones: ha llegado su hora antes de tiempo y tiene que reaccionar con una estrategia que le permita marcar un gol en el tiempo de descuento. ¿Cómo conseguir dar este paso? En mi opinión la respuesta reside en aprovechar el momento de la sucesión que se producirá en breve en el Partido Popular, pero esto será materia de otro artículo.

Madrid, 27 de julio de 2003

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