viernes, agosto 22, 2003
El último encuentro, de Sándor Márai (propuesta de epílogo)
Konrád dejó que el criado le pusiera el abrigo y le siguió como un autómata hasta la puerta de entrada principal. Descendieron juntos los escalones de la mansión en el silencio acechante de la madrugada. La atmósfera fría, evocadora ya de un invierno incipiente, redobló el aterimiento de sus huesos. Al llegar al automóvil se apoyó un instante en el brazo extendido del chófer. Su espalda, inerte e inmóvil, no reflejó la convulsión interna de su espíritu. Se resistió a volverse y se acomodó finalmente en el asiento, confortándose con el tacto de su cuero noblemente trabajado.
Mientras el automóvil enfilaba suavemente el lindero de salida Konrád mantuvo sus ojos fijos en la nuca del conductor. Pensó en las dos preguntas del general y en los cuarenta y un años transcurridos: el tiempo necesario para purgar una culpa y para asimilar la verdad. La imagen de Krisztina nubló su mirada. El contacto con aquéllos viejos aposentos, donde tantas horas había pasado contemplándola, había hecho aflorar sentimientos y sensaciones que el creía haber aplacado hacía mucho tiempo. Ahora se daba cuenta que no sólo reverdecían con el mismo grado de intensidad sino que habían madurado como los sabores de un vino sabiamente envejecido. El calor del trópico, los muchos viajes y los lugares visitados durante este largo paréntesis le parecieron un débil simulacro de vida. Una existencia forzosamente adormilada y crónica que había fabricado para arropar el pasado. Pero el pasado siempre había estado ahí, supurando como una herida mal curada a la que no se le quiere dar importancia.
No compadecía al general, no compadecía a Krisztina, no se compadecía a sí mismo. Simplemente había pasado. Todo fue dolorosamente embriagador y hermoso. El cuerpo de Krisztina se le ofrecía joven y fuerte una y otra vez durante aquéllos encuentros secretos que se prolongaron durante casi dos años. Las vidas de ambos corrían paralelas junto al esposo y amigo viviendo una doble existencia que consumía sus almas... De repente le faltó el aire. Bajó la ventanilla y aspiró profundamente ¿Cúantas veces no había sentido esta misma sensación cuando volvía de las veladas en la mansión? El amigo le insistía para que se quedara con ellos, ¿no recordaba acaso que una de las habitaciones estaba a su disposición día y noche?, Konrád siempre murmuraba vagas excusas y desaparecía tambaleándose ante la mirada reprobadora de su amigo, quien inútilmente pedía a Krisztina que le secundara en sus esfuerzos mientras ella permanecía con la mirada clavada en los últimos destellos del fuego que languidecía en la chimenea.
El automóvil alcanzó por fin la vía hacia Viena. Los recuerdos se agolparon en su mente mientras intentaba inútilmente fijar la vista en el camino. Aquel día, después de hacer el amor, Krisztina no tuvo ganas de acompañarle al piano.Se demoró en su caricias en el canapé mientras le atenazaba con sus palabras. Buscó y encontró una oquedad en su mente y tensó desde allí oscuros pensamientos y propósitos. Mencionó la partida de caza del día siguiente como la ocasión más propicia. Mañana a esas mismas horas todo habría terminado…
Se sonrió. Imaginó nuevamente la reacción de Krisztina al conocer su fracaso en la ejecución de este plan. ¿Cobardía? ¿Fidelidad al amigo? Ni él mismo sabía qué pensamientos habían cruzado su mente en aquel momento.
Konrád dejó que el criado le pusiera el abrigo y le siguió como un autómata hasta la puerta de entrada principal. Descendieron juntos los escalones de la mansión en el silencio acechante de la madrugada. La atmósfera fría, evocadora ya de un invierno incipiente, redobló el aterimiento de sus huesos. Al llegar al automóvil se apoyó un instante en el brazo extendido del chófer. Su espalda, inerte e inmóvil, no reflejó la convulsión interna de su espíritu. Se resistió a volverse y se acomodó finalmente en el asiento, confortándose con el tacto de su cuero noblemente trabajado.
Mientras el automóvil enfilaba suavemente el lindero de salida Konrád mantuvo sus ojos fijos en la nuca del conductor. Pensó en las dos preguntas del general y en los cuarenta y un años transcurridos: el tiempo necesario para purgar una culpa y para asimilar la verdad. La imagen de Krisztina nubló su mirada. El contacto con aquéllos viejos aposentos, donde tantas horas había pasado contemplándola, había hecho aflorar sentimientos y sensaciones que el creía haber aplacado hacía mucho tiempo. Ahora se daba cuenta que no sólo reverdecían con el mismo grado de intensidad sino que habían madurado como los sabores de un vino sabiamente envejecido. El calor del trópico, los muchos viajes y los lugares visitados durante este largo paréntesis le parecieron un débil simulacro de vida. Una existencia forzosamente adormilada y crónica que había fabricado para arropar el pasado. Pero el pasado siempre había estado ahí, supurando como una herida mal curada a la que no se le quiere dar importancia.
No compadecía al general, no compadecía a Krisztina, no se compadecía a sí mismo. Simplemente había pasado. Todo fue dolorosamente embriagador y hermoso. El cuerpo de Krisztina se le ofrecía joven y fuerte una y otra vez durante aquéllos encuentros secretos que se prolongaron durante casi dos años. Las vidas de ambos corrían paralelas junto al esposo y amigo viviendo una doble existencia que consumía sus almas... De repente le faltó el aire. Bajó la ventanilla y aspiró profundamente ¿Cúantas veces no había sentido esta misma sensación cuando volvía de las veladas en la mansión? El amigo le insistía para que se quedara con ellos, ¿no recordaba acaso que una de las habitaciones estaba a su disposición día y noche?, Konrád siempre murmuraba vagas excusas y desaparecía tambaleándose ante la mirada reprobadora de su amigo, quien inútilmente pedía a Krisztina que le secundara en sus esfuerzos mientras ella permanecía con la mirada clavada en los últimos destellos del fuego que languidecía en la chimenea.
El automóvil alcanzó por fin la vía hacia Viena. Los recuerdos se agolparon en su mente mientras intentaba inútilmente fijar la vista en el camino. Aquel día, después de hacer el amor, Krisztina no tuvo ganas de acompañarle al piano.Se demoró en su caricias en el canapé mientras le atenazaba con sus palabras. Buscó y encontró una oquedad en su mente y tensó desde allí oscuros pensamientos y propósitos. Mencionó la partida de caza del día siguiente como la ocasión más propicia. Mañana a esas mismas horas todo habría terminado…
Se sonrió. Imaginó nuevamente la reacción de Krisztina al conocer su fracaso en la ejecución de este plan. ¿Cobardía? ¿Fidelidad al amigo? Ni él mismo sabía qué pensamientos habían cruzado su mente en aquel momento.