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domingo, noviembre 23, 2003

Diario de un urbanita

Sábado por la mañana. Decido finalmente acabar con las molestas greñas que empiezan a provocar comentarios impertinentes cada vez que paso al lado del pool de secretarias. Disciplinadamente, he concertado cita previamente y parece que esta vez funciona (al parecer, no hay nadie al que colar a última hora, a pesar de que cuando uno llega a la aventura siempre le dicen que hay un hueco a las cuatro de la tarde). La peluquería es amplia, laminada enteramente con ostentosos espejos, sin separación entre la zona de caballeros y señoras (todavía no acabo de entender qué es lo que ha hecho el hombre para merecer tal agresión por parte del otro sexo). Me lavan el pelo y llega ese momento en el que hay que ser conciso, claro y firme. Ante la mirada interrogadora del peluquero solicito un corte "mínimo, teniendo en cuenta los rigores de la estación que atravesamos". La ampulosidad de mis palabras no le impresiona, como toda respuesta mueve la cabeza afirmativamente y me pregunta si quiero una revista para "pasar el rato". Ello me complace, en general cuando voy a la peluquerí­a la perspectiva de pasar veinte minutos mirándome al espejo me resulta aterradora. Cojo la revista y me empapo a fondo de la vida de Letizia Ortiz pero, al rato, por lógica asociación de ideas, pienso en las peluquerías de antes. Entonces, una vez al trimestre resultaba obligado efectuarse el preceptivo "pelao" (entonces no se le llamaba corte de pelo, dado que era un acto que más bien se asimilaba al trasquilamiento de las ovejas), lo que tení­a lugar, naturalmente, un sábado por la mañana. Convení­a levantarse pronto para evitar cola (por supuesto, en aquel entonces resultaba inconcebible concertar una cita para un acto tan banal), pero lo normal era tener que esperar de media a una hora. Durante ese tiempo podía uno estudiar concienzudamente la prensa del corazón. Si se piensa, junto con el dentista, ésta era la única ocasión del público masculino para entrar en contacto con estas materias de forma no clandestina. Sin duda, el dueño del establecimiento era conocedor de esta importante funcion social porque las lecturas disponibles eran esencialmente el HOLA y el 10 MINUTOS, junto con algún JUEVES (todaví­a sobrevive). Francamente, era un rato interesante, tanto que algunas veces uno corría el riesgo de despistarse y que se colara algún desaprensivo que argumentara "haber estado alli­ a primera hora", que "vení­a ahora de hacer unas gestiones importantísimas" . Finalmente, llegaba el momento esperado, invariablemente, dijera lo que uno dijera ("corto, moderado, normal") siempre recibí­a el mismo corte de pelo (el estándar de la casa). No habí­a lugar para la protesta, realmente uno ya sabía a lo que iba... En esto advierto que acaba el corte de pelo, me doy cuenta de que el resultado habria sido el mismo independientemente de lo que hubiera pedido: ¿realmente han cambiado tanto las cosas? o ¿simplemente ha habido un cambio de imagen a algo que antes se llamaba "pelao" y ahora "corte de pelo", obviamente mucho más caro?

Ocrán Sanabú

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