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lunes, marzo 29, 2004

El vertiginoso avance del "cambio tranquilo" y el batacazo del "pato cojo"

Dicen que, antes del 11 de marzo, José Luis Rodríguez Zapatero confiaba a ciegas en el triunfo electoral del PSOE. Así se lo había comentado a sus más próximos. Tenía una premonición. Al recorrer España de punta a punta había "sentido" el anhelo de cambio de la gente, pero dudaban de que ello fuera posible. Él les había repetido, una y otra vez, que ese cambio no sólo era posible, sino deseable y bueno para el país. Finalmente, la suma de esas voluntades descontentas con el gobierno del Partido Popular, y muy especialmente de sus últimos cuatro años con mayoría absoluta, es la que habría propiciado el vuelco electoral.

La historia es bonita, pero inverosímil. Los hechos demuestran que Zapatero y su equipo habían preparado esta campaña pensando en que el Partido Socialista iba a encarar un período de oposición entre 3 y 4 años. Diseñaron un programa amplio y ambicioso e hicieron una labor de difusión del mismo desde septiembre de 2003. Su estrategia consistía en una labor de construcción de una alternativa sólida y creible al gobierno popular. Básicamente, se trataba de una carrera de fondo con dos etapas decisivas: las elecciones del 14 de marzo donde era necesario obtener un resultado sensiblemente superior al obtenido el año 2000 por Almunia, con la consiguiente pérdida de la mayoría absoluta del partido popular, a fin de consolidar el liderazgo interno de de Zapatero, y las elecciones de 2004, donde el liderazgo de Zapatero -interno y externo- se pondría realmente a prueba.

Los socialistas sabían que el partido popular estaba enfilando la cuesta abajo. El desgaste producido por una serie de hitos políticos de primer nivel era ya patente. Los más importantes: la huelga general, la guerra de Irak, el Prestige y los precios de la vivienda. Deliberadamente y desoyendo opiniones contrarias dentro del partido, o de comentaristas en general (el propio Ocran Sanabú el 17 de febrero), decidieron hacer una campaña electora del confrontación (es decir, comparación) de programas, es decir, frente a un problema concreto, tú propones esta solución y yo propongo ésta.

El desarrollo de esta estrategia desde septiembre de 2003 no estuvo exenta de sobresaltos. Primero la derrota en "segunda vuelta" en las elecciones de la Comunidad de Madrid y, posteriormente y en dos ocasiones, el "asunto Carod" en Cataluña, sirvieron al partido popular para focalizar la atención de la opinión pública sobre estas cuestiones y cuestionar ampliamente el liderazgo y la capacidad de Zapatero.

En favor de este último hay que decir que no se dejó influir por los acontecimientos y que fue coherente con su estrategia hasta el final...pero era una estrategia que le conducía directamente a la oposición y no al gobierno, porque aunque ningún gobierno cae si no hay un recambio disponible, lo determinante para ello es que se demuestre que ha cometido errores graves durante su mandato. Basta para ello remitirse a las campañas electorales de los años 1982 y 1998 para comprobar que los respectivos vuelcos electorales vinieron precedidos de una atmósfera de enorme tensión y enfrentamiento entre el gobierno y la oposición.

¿Por qué, entonces, la pasividad y la atonía de la campaña electoral socialista? Probablemente, porque Zapatero y su equipo habían llegado a la convicción de que en esta pugna el partido popular siempre tenía las de ganar; al final siempre prevalecería el mito de la gestión económica eficaz durante los últimos ocho años sobre otras cuestiones. Ello conduciría, inevitablemente y en última instancia, a la situación del año 2000: la movilización asimétrica del electorado (movilización de votantes de centro-derecha frente a desmovilización de votantes de centro-izquierda, unido a la correlativa huida del voto útil a Izquierda Unida).

De no haberse producido el atentado del 11 de marzo probablemente el resultado no habría diferido mucho, ¡pero al revés!: 165-170 escaños para el partido popula frente a 145-150 del partido socialista. Así lo predecían todas las encuestas que se hicieron públicas antes de la última semana de campaña y nada hace pensar que esa tendencia se estaba invirtiendo hasta llegar al empate técnico, como intentan sostener algunos comentaristas. En todo caso, el resultado habría sido el buscado por Zapatero y su equipo.

Pero, si algo vino a probar el atentado del 11 de marzo es que el desgaste electoral del partido popular era ya muy acusado y encarnado en la atrabiliaria y errante figura de un "pato cojo" de lo más singular (el omnipresente José María Aznar). Básicamente, el partido popular perdió por dos motivos: la intervención en la guerra de Irak -traída al primer plano de la votación por el atentado- y la deplorable y manipuladora gestión informativa de la crisis tras el atentado (muy parecida, en el fondo, a la producida durante la crisis del Prestige).

El 11 de marzo, pues, sirvió de espita electoral para un cambio de tendencia en el electorado que ya estaba latente. El efecto ya ha sido comentado hasta la saciedad por los expertos, por lo que ahorraré las explicaciones. A la vista de lo expuesto, lo único que me interesa destacar es si realmente el partido socialista hizo la campaña que debería haber hecho. Obviamente, nunca conoceremos la respuesta.

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