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jueves, febrero 09, 2006

Diario de un urbanita

Como todo buen oficinista que se precie los viernes suelo comprar el cuponazo de la ONCE y lo guardo unos días en mi cartera sin consultarlo, solazándome con la idea de que soy un millonario de incógnito mientras me paseo entre las multitudes con una indeleble sonrisa de superioridad en el rostro.

Para poder salir a tu hora de la oficina deben cumplirse únicamente dos requisitos:

* que también tu jefe tenga como prioridad máxima esfumarse del trabajo a las mínimas de cambio;
* que la anterior conducta, sin duda merecedora de elogios sin fin, no se base precisamente en tenerte a tu disposición a cualquier hora y lugar.

Cada vez con más frecuencia me siento asqueado al final del día ¿hasta dónde puede llegar la caída libre de atenciones hacia "los clientes", esos nuevos plenipotenciarios y totems supremos que reverenciamos y a los que debemos lealtad y sumisión? Intento luchar, pero infructuosamente, pues me doy cuenta de que mi genética acumula una predisposición de siglos orientada a agradar al poderoso, que sabiamente en nuestro tiempo se ha reconvertido a eso que llamamos "orientación al cliente".

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