martes, febrero 21, 2006
Diario de un urbanita
Por curiosidad he consultado la anéctoda de Vilallonga/Blake Edwards que contaba ayer (figura en la página 202 del libro del primero "Mi vida es una fiesta", Ediciones B, 1988). Creo que puedo estar razonablemente satisfecho (o no, según se mire) , pues aun hablando de memoria mi versión guarda una fidelidad bastante alta con la anécdota original. Obviamente he omitido y cambiado detalles, pero esto es prácticamente inevitable en la recolección de toda anécdota(en concreto la escena de la charla no fue un aparte en el rodaje sino una comida en la que Blake Edwards intentó convencer a Vilallonga que su personaje no era nada sin la pitillera -es decir, sin su dinero- aunque sin gran éxito; este último, quizás por su origen aristocrático, pensaba que "el crédito" y no el dinero es lo que hace al hombre; lo que es claro es que chocaron en ese momento dos concepciones sobre el individuo: la europea y la americana y obviamente no hace falta decir cuál ha prevalecido en nuestros días) .
Lo anterior sería ejemplificativo de los grandes alicientes de las anécdotas: ya desde que nacen cobran vida propia y se alejan de la realidad vivida por obra de las licencias que se toma su narrador y, con el tiempo, van puliéndose y sediméntandose en la mente del individuo de tal forma que su protagonista acaba por creerse su propia autorrepresentación narrativa de la realidad, perdiendo al mismo tiempo toda capacidad de compararlo con una mínima porción de recuerdo o memoria del instante vivido (en realidad, la anécdota sustituye al recuerdo), al igual que los recuerdos infantiles que no sabemos si son verdaderos recuerdos o hechos sobre nosotros mismos que nos contaron nuestros padres.
Por curiosidad he consultado la anéctoda de Vilallonga/Blake Edwards que contaba ayer (figura en la página 202 del libro del primero "Mi vida es una fiesta", Ediciones B, 1988). Creo que puedo estar razonablemente satisfecho (o no, según se mire) , pues aun hablando de memoria mi versión guarda una fidelidad bastante alta con la anécdota original. Obviamente he omitido y cambiado detalles, pero esto es prácticamente inevitable en la recolección de toda anécdota(en concreto la escena de la charla no fue un aparte en el rodaje sino una comida en la que Blake Edwards intentó convencer a Vilallonga que su personaje no era nada sin la pitillera -es decir, sin su dinero- aunque sin gran éxito; este último, quizás por su origen aristocrático, pensaba que "el crédito" y no el dinero es lo que hace al hombre; lo que es claro es que chocaron en ese momento dos concepciones sobre el individuo: la europea y la americana y obviamente no hace falta decir cuál ha prevalecido en nuestros días) .
Lo anterior sería ejemplificativo de los grandes alicientes de las anécdotas: ya desde que nacen cobran vida propia y se alejan de la realidad vivida por obra de las licencias que se toma su narrador y, con el tiempo, van puliéndose y sediméntandose en la mente del individuo de tal forma que su protagonista acaba por creerse su propia autorrepresentación narrativa de la realidad, perdiendo al mismo tiempo toda capacidad de compararlo con una mínima porción de recuerdo o memoria del instante vivido (en realidad, la anécdota sustituye al recuerdo), al igual que los recuerdos infantiles que no sabemos si son verdaderos recuerdos o hechos sobre nosotros mismos que nos contaron nuestros padres.