lunes, febrero 20, 2006
Diario de un urbanita
Si llegas tarde al trabajo no escondas la cabeza cuando te cruces en los pasillos con tu jefe o los compañeros y, en ningún caso, trates de pasar desapercibido entrando por la escalera de incendios. Siempre hay alguien que se da cuenta y anotará mentalmente el dato con saña, pues tu conducta cusará el efecto de una autoinculpación a gritos. Al contrario, dedica la mejor de tus sonrisas a todo aquél que te encuentres e incluso párate a conversar con él con de algún tema pendiente que tengáis entre manos con la mayor naturalidad. Demuéstrale a tu interlocutor que no te importa estar frente al ascensor con el abrigo puesto (y el paraguas chorreando, si fuera el caso) mientras te ve toda la organización y que podrías pasar ahí toda la mañana si fuera necesario. Luego, aproxímate tranquilamente a tu cubículo como si fueran las 9.00 de la mañana -es decir, sin innecesarios aspavientos remedadores de espontaneidad, como silbar o cantar en bajo- y saluda con normalidad a todo aquél que se ponga en tu campo de visión (insisto, mirada al frente). Puede que no engañes totalmente a tu jefe -y desde luego tampoco a tus compañeros- pero conseguirás mantener tu dignidad y un atisbo de duda sobre el motivo de tu tardanza.
Si tienes problemas para poner en práctica esta conducta piensa en cómo te habrías comportado si hubieras llegado tarde por una causa justificada, como una cita con el médico, una huelga de transporte o una avería en el coche. ¿No crees que tu disposición mental sería bastante diferente? Pues eso es lo que tienes que reproducir en tu cabeza desde el momento que pongas el pie en la oficina.
P.D. Lo anterior es una aplicación del principio que Blake Edwards le expuso al polifacético actor/escritor/latin lover español José Luis de Vilallonga durante el rodaje de "Desayuno con diamantes" (1961), por lo menos si atendemos a su libro "Mi vida es una fiesta" (y si no, tendría doble mérito, porque sería una invención estupenda). Se estaba filmando la escena de la fiesta en el apartamento de la alocada protagonista (Audrey Hepburn) y Vilallonga -un rico heredero y playboy brasileño- tenía que aparecer en el umbral de la puerta, dirigir una mirada entre los invitados y, trás un examen concienzudo, reconocer a la Hepburn al otro lado de la habitación, para a continuación dirigirse a ella sonrientemente. Como parte del atrezzo de esa escena el propio director le había aconsejado hacerse con una lujosa pitillera de oro. Vilallonga entendió que era un elemento esencial de la escena y la incorporó en la primera de las tomas: llegó a la puerta, se detuvo y mientras miraba el bullicio sacó elegantamente de la pitillera un cigarro...hasta que fue interrumpido por una violenta interjeción del director (pero bueno, ¿quién le había mandado o cómo se le había ocurrido hacer tal cosa?). El interpelado, profundamente desconcertado, respondió que el propio director le había indicado hacerse con la pitillera; Blake Edwards sonrió, captando el malentendido, y se llevó a nuestro protagonista del hombro a un apartadillo y le explicó que la pitillera tenía la finalidad de hacerle sentir más seguro en su papel de rico heredero y hacendado brasileño: ¿acaso él no había experimentado nunca la sensación de entrar en su bar de siempre tras olvidarse la cartera en casa? uno entra en el bar, se muestra servil con el barman, tartamudea al pedir las copas, hace chistes tontos para agradarle...todo con el fin de preparar el momento de decirle que tiene que fiarle. El español lo comprendió al momento y el rodaje siguió sin mayores contratiempos.
Si llegas tarde al trabajo no escondas la cabeza cuando te cruces en los pasillos con tu jefe o los compañeros y, en ningún caso, trates de pasar desapercibido entrando por la escalera de incendios. Siempre hay alguien que se da cuenta y anotará mentalmente el dato con saña, pues tu conducta cusará el efecto de una autoinculpación a gritos. Al contrario, dedica la mejor de tus sonrisas a todo aquél que te encuentres e incluso párate a conversar con él con de algún tema pendiente que tengáis entre manos con la mayor naturalidad. Demuéstrale a tu interlocutor que no te importa estar frente al ascensor con el abrigo puesto (y el paraguas chorreando, si fuera el caso) mientras te ve toda la organización y que podrías pasar ahí toda la mañana si fuera necesario. Luego, aproxímate tranquilamente a tu cubículo como si fueran las 9.00 de la mañana -es decir, sin innecesarios aspavientos remedadores de espontaneidad, como silbar o cantar en bajo- y saluda con normalidad a todo aquél que se ponga en tu campo de visión (insisto, mirada al frente). Puede que no engañes totalmente a tu jefe -y desde luego tampoco a tus compañeros- pero conseguirás mantener tu dignidad y un atisbo de duda sobre el motivo de tu tardanza.
Si tienes problemas para poner en práctica esta conducta piensa en cómo te habrías comportado si hubieras llegado tarde por una causa justificada, como una cita con el médico, una huelga de transporte o una avería en el coche. ¿No crees que tu disposición mental sería bastante diferente? Pues eso es lo que tienes que reproducir en tu cabeza desde el momento que pongas el pie en la oficina.
P.D. Lo anterior es una aplicación del principio que Blake Edwards le expuso al polifacético actor/escritor/latin lover español José Luis de Vilallonga durante el rodaje de "Desayuno con diamantes" (1961), por lo menos si atendemos a su libro "Mi vida es una fiesta" (y si no, tendría doble mérito, porque sería una invención estupenda). Se estaba filmando la escena de la fiesta en el apartamento de la alocada protagonista (Audrey Hepburn) y Vilallonga -un rico heredero y playboy brasileño- tenía que aparecer en el umbral de la puerta, dirigir una mirada entre los invitados y, trás un examen concienzudo, reconocer a la Hepburn al otro lado de la habitación, para a continuación dirigirse a ella sonrientemente. Como parte del atrezzo de esa escena el propio director le había aconsejado hacerse con una lujosa pitillera de oro. Vilallonga entendió que era un elemento esencial de la escena y la incorporó en la primera de las tomas: llegó a la puerta, se detuvo y mientras miraba el bullicio sacó elegantamente de la pitillera un cigarro...hasta que fue interrumpido por una violenta interjeción del director (pero bueno, ¿quién le había mandado o cómo se le había ocurrido hacer tal cosa?). El interpelado, profundamente desconcertado, respondió que el propio director le había indicado hacerse con la pitillera; Blake Edwards sonrió, captando el malentendido, y se llevó a nuestro protagonista del hombro a un apartadillo y le explicó que la pitillera tenía la finalidad de hacerle sentir más seguro en su papel de rico heredero y hacendado brasileño: ¿acaso él no había experimentado nunca la sensación de entrar en su bar de siempre tras olvidarse la cartera en casa? uno entra en el bar, se muestra servil con el barman, tartamudea al pedir las copas, hace chistes tontos para agradarle...todo con el fin de preparar el momento de decirle que tiene que fiarle. El español lo comprendió al momento y el rodaje siguió sin mayores contratiempos.