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sábado, abril 28, 2007

Con la edad uno pierde el gusto por conocer a otros, por saber de sus vidas, sueños y anhelos; de joven cada persona, joven o viejo, era un mundo por descubrir, una sorpresa debajo de un envoltorio distinto cada vez; con el tiempo se fueron convirtiendo en compromisos, familia política -o, aun peor, propia-, clientes, potenciales clientes, gente que uno debe conocer y gente que no, amigos de primera, segunda o tercera, del colegio, el bachillerato, la facultad, el master, la carrera, el primer trabajo, conocidos próximos, lejanos, olvidados; carne de relleno de agendas, devoradores de espacio en agendas, agendillas, tarjetas SIM o discos duros; oscuras almas en limbos de memoria, real o virtual.

Un día,
quizás no tan lejano,

me sentaré en un parque, meditabundo y con semblante de prejubilado ocioso, y le daré un codazo al que tenga al lado, le preguntaré por sus hijos si tiene ya cierta edad y, si tiene menos de 25, cómo piensa cambiar el mundo; me dejaré llevar por la conversación, sin preocuparme de si nos vamos a volver a ver, tener que saludarnos o iniciar el ceremonial de la amistad, ya sea fingida o verdadera. Simplemente porque sí! What the heck!

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