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miércoles, mayo 02, 2007

Dice Bernard Arnault -propietario y primer ejecutivo del grupo LVMH, líder mundial del lujo- en una entrevista aparecida el pasado 29 de abril que una de las claves del éxito de su grupo es la descentralización -Cada empresa se gestiona como una empresa familiar y tiene una escala humana. Quiero que cada presidente, y así se lo hago saber, se sienta como el propietario-.

¿Sorprendente? ¿Revolucionario? Yo creo que es de sentido común. Francamente creo que las multinacionales han sobrestimado el valor de las economías de escala, clonando el mismo modelo de negocio país por país y despojando de poder a las filiales en favor de los headquarters, tanto geográfica como divisionalmente (uno de los efectos más importante de eso que solemos llamar "la globalización").

Por supuesto, pertenecer a un gran grupo tiene innegables ventajas y así lo reconoce el propio Arnault (También tratamos de que cada compañía tenga también el poder que deriva ser parte del grupo) pero olvida lo más importante en una economía post-industrial: el factor humano. En esas circunstancias, la ventaja competitiva que emana del talento retenido en la empresa, del trabajor comprometido y alineado con los objetivos de la empresa, nunca llegará. A la larga, esa política sólo arroja trabajadores frustrados, negativos y defensores de sus pequeños privilegios. En suma, carne de pre-jubilación.

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