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sábado, septiembre 27, 2008

Se lamenta hoy Carlos Boyero en EL PAÍS, en su crónica diaria desde el Festival de San Sebastián: "La gente aplaude. Lo que daría yo porque me gustara todo lo que veo".

Es la maldición del crítico, del melómano, del sibarita, del gourmand, del lector compulsivo; de todos aquéllos que hacen del arte una forma de entender la vida y también de aquéllos que han hecho de su manera de vivir una forma de arte. Maldición que les acompañará toda su vida, a la sazón una continua búsqueda de la inocencia y capacidad de asombro primigenia; ansia de volver a ser el niño que desaparecía durante horas los veranos devorando libros o del adolescente que no se perdía ningún estreno. Búsqueda que sólo a veces, muy pocas veces -momentos místicos de la existencia-, se verá recompensada y cuyo gozo, por lo general, no será compartido por sus contemporáneos (los otros, los que viven otra vida), quienes les mirarán perplejos por disfrutar de lo que a su juicio no será más que un cuadro pintarrejeado, una película larga y aburrida, una comida exigua (y escandalósamente cara) o una música cacofónica.


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